••Narra Charlotte••
El espacio en la cama a mi lado estaba frío. Vacío. Eso fue lo primero que noté al despertar. No estaba Frederick y tampoco estaba el pequeño calor de Jesús entre nosotros. Me senté, frotándome los ojos, y fue entonces cuando lo escuché. El sonido provenía del exterior. No era el canto de los pájaros matutino, sino un martilleo constante, metálico y urgente, mezclado con voces de hombres.
Una punzada de confusión, seguida de un leve latigazo de ansiedad, me recorrió. ¿Qué es