••Narra Miranda••
El restaurante olía a grasa rancia y a limpiador de pisos barato. Un olor que ya se me había hecho familiar, lo más cercano a lo que consideraba un hogar, ya que pasaba la mayor parte de mi día aquí adentro, atendiendo, resistiendo, soportando. Era mi nueva vida, mi penitencia. Pero esa noche, algo olía diferente. A vacío.
Miré a mi alrededor. Las mesas estaban vacías, las sillas aún sobre los manteles de plástico a cuadros. No había ningún cliente. Un nudo de inquietud se for