Me dolía todo. No había parte de mi cuerpo que no estuviera sensible o palpitante. Los músculos me crujían al moverme sobre las sábana. Un gemido leve escapó de mis labios. Cada centímetro de mi piel parecía recordar la intensidad posesiva de Frederick la noche anterior.
Me cubrí por completo con la sábana, deseando fundirme con la cama y desaparecer un rato más. Aún podía sentir sus manos sobre mi piel, su lengua, sus labios.
A través de la tela, escuché una risa. Era una risa baja y ronca