Marcó el último piso. Podía sentir que mi ritmo cardíaco no iba acorde a la relajante música del ascensor.
¿Y si apretaba el botón de emergencia?
El ascensor se abrió y sentí que ya no había marcha atrás en mi sentencia. Ya no podía volver sobre mis pasos. Verifiqué por quinta vez que el antifaz estuviera en su lugar antes de entrar en aquella habitación donde ya se escuchaban las risas, el choque de las copas y la orquesta en vivo.
Frederick me veía con atención mientras caminábamos entre l