Capítulo 37: Una razón más para odiarme.
Llegamos al muelle y la rodeé con mis brazos para ayudar a levantarla, pero me empujó con todas sus fuerzas, la cual no era mucha ya que estaba debilitada.
—¡Puedo sola! —gruñó.
La paz que había desarrollado mientras la curaba, desapareció una vez que tocamos tierra firme. Salió de la lancha, tropezando con sus propios pies. No podía tocarla en lo más mínimo, ya que parecía entrar en un trance de ira único en la vida.
Llegamos a las camionetas negras que estaban estacionadas una detrás de otr