Los minutos se arrastraban como siglos, cada uno pesando una tonelada sobre mis hombros. El pitido plano de la máquina seguía ahí, un fantasma atormentándome, aunque la puerta estuviera cerrada. Me aparté de la pared, mi cuerpo entumecido por el dolor y el frío del suelo.
Mis ojos se posaron en el pequeño bulto que mi madre sostenía con una ternura que me parecía ajena. Mi hijo. Nuestro hijo. Una parte de mí, la parte racional y culpable, sabía que no era justo. El pequeño no tenía la culpa de