••Narra Frederick••
La sala de seguridad del juzgado olía a sudor frío y restos de un incendio menor, cenizas y hojas quemadas. Las pantallas iluminaban mi rostro con un resplandor azulado, reflejando la tormenta de furia e impotencia que rugía dentro de mí. Arturo, a mi lado, era una estatua de tensión contenida.
—Retrocede otra vez la cámara del pasillo oeste —ordené, y mi voz sonó como el filo de una navaja.
El técnico de seguridad, temblando, obedeció. Las imágenes granulosas volvieron a re