El aire en la oficina de Frederick era espeso, cargado de la frustración de tres días enteros revolviendo papeles que parecían llevarnos a ninguna parte. El aroma a café era hipnótico, delicioso. Pero por mi hígado y mi bebé, había mantenido ese exquisito líquido lejos de mis labios.
Julián estaba en el sillón, revisaba una pila de archivo que no quería saber que contenían, ya de por si, me dolía la cabeza por mi propia pila de archivos. No sé en qué momento se me ocurrió ofrecerme como volun