El aire en la prisión olía a desinfectante barato, desesperanza y violencia contenida. El sudor y un cierto aroma ácido, se aferraban a mi nariz. No era hora de visitas, pero tampoco me importaba, ya que no planeaba sentarme detrás de un vidrio templado y agarrar uno de esos asquerosos teléfonos.
El director de la prisión, un hombre con ojos de reptil y palmas siempre extendidas, me recibió personalmente.
—Señor Lancaster, un placer. Como usted pidió, todo está arreglado. Puede ver al reclu