El auto rugió como una bestia herida, devorando el asfalto de la ciudad a una velocidad que haría palidecer a cualquier patrullero de tránsito. Debí incumplir como cinco leyes, pero no me importaba. Mi pie no se apartaba del acelerador.
Arturo, iba en su propia camioneta negra. Me escoltaba de cerca, sus luces intermitentes limpiando el camino ante nosotros como la proa de un barco rompiendo olas.
El mundo fuera de mi parabrisas era solo un borrón de luces y sombras. Solo una palabra reso