Sus manos, que momentos antes me habían sujetado con furia, se elevaron ahora con una lentitud deliberada. Tomó mi rostro entre sus palmas grandes y calientes, obligándome a mirarlo. No había escape.
—Charlotte —Su voz era un susurro áspero, cargado de una intensidad que me heló la sangre—. Respóndeme con la verdad. ¿Me tienes miedo?
Tragué saliva, sintiendo cómo sus dedos presionaban suavemente mis mejillas. No podía mentirle. No otra vez.
—Sí —confesé, y la palabra salió como un suspiro queb