El aire en la prisión olía a desinfectante barato, humedad y sudor. Me causaba náuseas, pero tenía que resistir como podía. No sabía si me meterían en una celda si terminaba vomitando en los zapatos de un oficial.
Cuando finalmente entré a la sala de visitas, mi padre ya estaba sentado al otro lado del vidrio.
Más delgado. Más canoso.
No entendía como alguien que había visto hace poco, podía verse más demacrado, más cansado. Mientras yo gozaba allá fuera de todos los mimos de Frederick, mi pa