••Narra Frederick••
Permanecí un instante en el pasillo alfombrado, la espalda apoyada en la fría madera de roble, dejando que una rara sensación de satisfacción se extendiera bajo mi esternón.
Charlotte. Mi esposa.
La misma mujer que hace unas pocas semanas atrás temblaba bajo mi mirada, acababa de negociar como un tiburón de Wall Street. Exigiendo libertades, recursos, espacios… Y hasta clemencia.
Bien jugado, en efecto. No solo había movido sus piezas; había redefinido el tablero. Esa osa