Llevaba casi dos años sin conducir. Me sentía rara al volante, como si de repente todas las piezas del auto las hubieran cambiado de lugar, pero eso no evitó que condujera una hora entera, por aquellas calles solitarias y rodeadas de arboles, hasta llegar a la aislada prisión.
La imagen era la misma que en una película de terror. Solo hacían falta los truenos.
Antes de bajar del coche, me aseguré que el localizador GPS siguiera apagado.
Las piernas me temblaban mientras entraba en aquel luga