La habitación estaba sumida en una calma casi irreal después del huracán emocional con los Lancaster mayores. Cenizas, mi fiel cómplice de pelaje gris, ronroneaba como un motorcito en mi regazo, su calor y el ritmo constante un bálsamo contra el temblor residual en mis manos. Acariciaba su lomo suavemente, concentrada en la suavidad del pelo bajo mis dedos, en la vibración reconfortante que emanaba de él.
Le conté a Cenizas como expuse a Frederick antes sus padres y a pesar de que no era capaz