La oscuridad era densa cuando el sonido me arrancó del sueño. No fue un grito, sino algo peor, arcadas guturales, húmedas, seguidas de un quejido ahogado. Me incorporé de golpe, el corazón latiendo desbocado. La luna iluminaba débilmente el suelo al lado de mi cama.
Encendí la lámpara de la mesita de noche para ver mejor.
Estaba arrodillado sobre la manta, el cuerpo convulsionando en espasmos violentos. Vomitaba con una fuerza desgarradora, manchando la manta con un líquido oscuro y viscoso