La ira en sus ojos azules no había disminuido; se había transformado en algo más oscuro, más primitivo. Un fuego que no buscaba destruir, sino consumir, reclamar, borrar cualquier rastro de duda o deslealtad.
—Eres mía, Charlotte—susurró de nuevo, su aliento caliente rozando mis labios, impregnando el aire con el olor a menta y a furia contenida—. Solo mía.
Su boca descendió sobre la mía. No fue un beso normal, fue uno que me proclamaba como suya. Duro, exigente, sin espacio para la suavidad