Todo estaba negro.
Quería abrir los ojos, pero no podía. Escuchaba lo que ocurría a mi alrededor, pero mi cuerpo no reaccionaba. ¿Estaba dormida o despierta?
Unos sentidos me funcionaban y otros no.
Escuché como abrían la puerta de la camioneta. De pronto, el peso que sentía sobre las piernas desapareció. «¡Mi bolso! ¡Cenizas!»
Unas manos tomaron mi cintura y eso fue como un interruptor. Mis ojos se abrieron de par en par y un suspiro atragantado abandonó mi garganta.
—¡Ay, maldita sea