Dominic
Había pasado una semana.
Siete días en los que el tiempo se había vuelto una masa densa de instinto y piel.
Me desperté con el peso cálido de Maya sobre mi pecho, su respiración acompasada dictando el ritmo de mi propia calma.
Mi brazo la rodeaba de forma posesiva, un gesto que mi lobo reclamaba como un derecho de conquista.
La plenitud era absoluta; el animal en mi interior estaba saciado, ronroneando bajo una capa de satisfacción que nunca había conocido.
Me levanté despacio, intentan