Dominic
Las horas siguientes fueron una coreografía de mentiras.
Me moví por la casa como un autómata, permitiendo que Maya se colgara de mi brazo, devolviendo sus sonrisas con una rigidez que ella, por suerte, interpretó como la seriedad del cargo. Mi lobo estaba en un silencio absoluto, una calma plana y ofensiva que me revolvía el estómago. A él no le importaba. Para la bestia, la hembra Alfa estaba a su lado y el mundo estaba en orden; Emma no había sido más que un ruido de fondo, una presen