Dominic
La noche es un sudario de silencio que se aprieta contra mi pecho, asfixiándome.
En la casa grande, las sombras parecen haber cobrado vida, estirándose por los pasillos vacíos como dedos negros que me señalan.
Sin Maya aquí, el silencio no es paz; es un juicio. No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos, el rostro de Emma aparece tras mis párpados, no con la dulzura de nuestros años en la ciudad, sino con la mirada rota de nuestra última despedida.
Salí al patio, buscando que el aire