Emma
El viento salado me golpeó la cara apenas bajamos del autobús. Magnus se detuvo a mi lado, con la mochila colgando de un hombro y los ojos entrecerrados contra el sol de la tarde.
La pequeña ciudad costera se extendía delante de nosotras como una postal gastada: casas bajas pintadas de colores pastel, un muelle de madera que crujía con cada ola y ese olor a mar, pescado y libertad que me llenó los pulmones.
—Esto… es diferente —murmuró él, con esa voz grave que siempre me erizaba la piel.