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RYDER
El cuarto del hospital era demasiado blanco, demasiado limpio, como si el dolor no tuviera permiso de entrar allí, pero lo hacía igual, se colaba por cada rincón de mi pecho.
Estaba sin camisa, con uno de mis hijos desnudo encima para darle calor entre los brazos. Su respiración era tranquila, rítmica, como un suspiro constante. El calor de su pequeño cuerpo me hacía sentir vivo… y al mismo tiempo, me destrozaba.
Los otros tres dormían en sus incubadoras, perfectamente alineadas. Los r