55.
MICHAEL
La dejo dormida.
Raquel respira de manera lenta, pesada, con el ceño aún fruncido por el dolor, pero al menos ya no tiembla. Me aseguro de que la sábana no le oprima el vientre, de que el suero esté bien colocado, y solo entonces me permito salir del cuarto.
Cierro la puerta con cuidado.
El pasillo del hospital huele a desinfectante y cansancio. Camino unos pasos, pensando en nada y en todo al mismo tiempo, hasta que al girar hacia la sala de espera me detengo en seco.
Sara está allí.
Sentada, recta, con el bolso sobre las piernas y el rostro inexpresivamente tenso. Como si llevara horas esperando.
Por un segundo pienso que el cansancio me está jugando una mala pasada.
—¿Sara? —pregunto, acercándome—. ¿Qué haces aquí?
Levanta la mirada despacio, como si hubiera estado ensayando ese momento.
—Te vi en la televisión —dice—. Entrando al hospital.
Mi estómago se contrae.
—¿En la televisión?
Asiente.
—Había cámaras afuera del restaurante. Dijeron que una mujer embarazada había ten