40.
MICHAEL
El calor me golpea apenas bajo del avión. Es un aire distinto, húmedo, salado, como si la isla quisiera envolverlo todo desde el primer segundo. A mi alrededor, la gente sonríe, habla de vacaciones, de descanso, de comienzos. Yo camino a su lado con la sensación extraña de estar entrando en algo que no sé si quiero salvar o terminar.
Sara avanza unos pasos delante de mí, arrastrando su maleta pequeña. Parece más animada desde que aterrizamos. Más liviana. Como si este lugar le hubiera prometido algo que yo no estoy seguro de poder cumplirle.
Mientras esperamos nuestras valijas, se gira hacia mí.
—¿En qué hotel nos vamos a quedar? —pregunta—. El traslado va a preguntar en cualquier momento.
Meto la mano en el bolsillo de la campera y saco los papeles que llevo doblados desde antes de salir de casa. Los he tocado varias veces durante el vuelo, como si al hacerlo pudiera cambiar lo que dicen.
—Aquí —respondo, extendiéndoselos.
Sara los toma con una sonrisa automática… que se con