30.
Michael
El hospital huele igual que todos los días anteriores: desinfectante, café viejo y algo más difícil de nombrar, una mezcla de cansancio y miedo. Camino por el pasillo con las manos en los bolsillos, los hombros tensos, como si todavía esperara que alguien me detuviera y me dijera que no puede salir, que nada de esto terminó.
Pero terminó.
Al menos oficialmente.
Veo a Sara sentada en una de las sillas de la sala de espera del ala psiquiátrica. Está vestida de calle, ropa que le resulta familiar y extraña al mismo tiempo, como si no le perteneciera del todo todavía. Se ve más delgada. Más frágil. Tiene el cabello recogido y las manos entrelazadas sobre el regazo. Cuando levanta la vista y me ve, sonríe.
Esa sonrisa me atraviesa el pecho.
Me acerco despacio, midiendo cada paso. No sé si abrazarla, si decir algo primero, si preguntarle cómo se siente o fingir normalidad. Al final, me detengo frente a ella y soy torpemente honesto.
—¿Estás… lista?
Asiente.
—Sí.
Su voz es baja, cuid