En la mansión, aquel día, se desató un revuelo con la llegada simultánea de Ares, Gina, Sofía y Duncan, cada uno escoltado por sus propios guerreros. La agitación se palpaba en el aire. Mientras todos conversaban, sorprendidos y furiosos por el intento de envenenamiento contra la reina. Eda permanecía abrazada a su padre; de repente, se separó de él y giró para ascender las escaleras, pero se detuvo al escuchar una voz cariñosa.
—Ya estoy bien, gracias a nuestra portadora de vida, pobre luchar