En la habitación, Eos acarició con ternura la melena de su madre, quien parecía estar sumida en un sueño apacible. Galilea, atenta, le entregó una aguja, la cual usó para pincharse el dedo. Con la gota carmesí en la yema, cuidadosamente llevó su mano hacia los labios de Danna, al tiempo que con la otra le abría la boca con delicadeza y dejó caer la gota para que hiciera efecto.
Danna, abriendo los ojos lentamente, se encontró con la mirada serena de su hija. A pesar de la confusión que envolvía