Magnus entró con paso decidido a la oficina de Eda y cerró la puerta tras de sí, su corazón latía con la intensidad que amaba a su mate. Observó cómo Eda se sentaba en la silla, su expresión reflejando una mezcla de incertidumbre y resentimiento, mientras él tomaba asiento frente a ella.
— Mi hijo, ¿cómo está? Los he extrañado. No ha pasado un día desde que me marché, que no he dejado de pensar en ustedes —susurró Magnus, tratando de romper el hielo con una dosis de nostalgia.
— Mateo está bien