El Hospital del Perpetuo Socorro se alzaba ante nosotros como un monumento a la fragilidad humana. Sus paredes, de un tono amarillento por el paso del tiempo y el descuido, parecían absorber los lamentos de quienes lo transitaban. Caminar por los pasillos de urgencias junto a Sebastián me hacía sentir una extraña mezcla de adrenalina y temor. El aire estaba viciado por el olor a antisépticos baratos y ese aroma metálico que solo los hospitales públicos poseen.
Sebastián caminaba a mi lado, con