El cuartel general de la Coalición Internacional en Ginebra era un hervidero de sombras y luces de emergencia, el edificio, una joya de cristal y acero, se sentía ahora como un búnker anacrónico, fuera, el mundo seguía sumido en el Gran Silencio, dentro, el aire vibraba con la fricción de generales, ministros y tecnócratas que buscaban desesperadamente a quién culpar o a quién obedecer.
Ariadna entró en la Gran Sala de Operaciones con una zancada que exigía espacio, no vestía los trajes de seda