Ariadna Vega sostenía la tarjeta entre sus dedos enguantados como si fuera una brasa ardiente, el perfume de los lirios blancos, dulce y denso, inundaba el aire del vestíbulo del hospital, pero para ella, aquel olor no era fragancia, sino el hedor de la tumba, eran los favoritos de su pequeña Lila, quienquiera que hubiera enviado ese ramo no solo conocía sus secretos financieros, conocía las grietas de su alma.
"El Fénix vuela alto, pero el cielo tiene dueño. Bienvenido de nuevo, Ethan. Adiós, Ariadna".
La caligrafía era impecable, de una elegancia agresiva que denotaba poder y una falta absoluta de miedo, Ariadna no se permitió temblar, en lugar de eso, entregó el ramo a uno de sus guardaespaldas con una orden seca:
—Llevadlo a la unidad móvil, que analicen el polen, la procedencia de las flores y busquen cualquier rastro biológico en la tarjeta, no toquéis nada sin protección.
Subió al ascensor, pero no presionó el botón del garaje, se quedó allí, viendo cómo las puertas de acero se