Ariadna Vega sostenía la tarjeta entre sus dedos enguantados como si fuera una brasa ardiente, el perfume de los lirios blancos, dulce y denso, inundaba el aire del vestíbulo del hospital, pero para ella, aquel olor no era fragancia, sino el hedor de la tumba, eran los favoritos de su pequeña Lila, quienquiera que hubiera enviado ese ramo no solo conocía sus secretos financieros, conocía las grietas de su alma.
"El Fénix vuela alto, pero el cielo tiene dueño. Bienvenido de nuevo, Ethan. Adiós,