88. No soy ciega
Isabel
El silencio que deja Dante al marcharse no es el mismo de antes. Ya no se siente como un vacío gélido, sino como una vibración que se queda instalada en las paredes del estudio, su estudio, en el aire que respiro y, sobre todo, en mi propia piel.
Me quedo unos minutos extra en el sofá, mirando el lugar, tratando de procesar el torbellino que ha sido mi vida en las últimas doce horas.
“Mía. Mi mujer”.
Cierro los ojos y un escalofrío me recorre de pies a cabeza. Debería haberme indignado.