186. Los quiero vivos
Dante
No pienso. No mido las malditas consecuencias políticas de la operación, ni la fachada, ni la estrategia de Carlos. Mi mano izquierda golpea el seguro de la puerta del blindado y la empujo hacia afuera con una violencia salvaje, saliendo al asfalto con la pistola ya desenfundada en mi puño derecho.
—¡Dante, no! ¡Espera! —brama Alexi detrás de mí, intentando sujetarme de la chaqueta, pero ya estoy fuera de su alcance, corriendo como un demonio desatado por mitad de la calzada de la avenida