163. Nadie se lo lleva
Dante
El llanto de Isabel contra mi pecho es lo único que consigue devolverme el aire tras la tormenta que acabo de dejar atrás.
La sostengo con una fuerza que roza la desesperación, hundiendo mis dedos en su espalda, respirando el aroma de su cabello mientras el eco de sus sollozos vibra directamente en mis costillas.
Se siente tan frágil en mis brazos, tan rota por la muerte de la anciana, que por un segundo me olvido de Gianna, de Ramírez, de los sargentos corruptos y del maldito ruso que