161. ¡Todos me dejan!
Isabel
El aire de la mansión se siente helado, denso, como si las paredes de piedra hubieran absorbido de golpe el invierno que se desata en mi pecho.
Tengo el teléfono firmemente apretado entre las manos, tanto que los nudillos me duelen, pero la línea ya está muerta.
Dante viene en camino. Me lo ha prometido con esa voz firme y segura que siempre consigue rescatarme de mis propios abismos, pero esta vez el vacío es demasiado grande, demasiado oscuro para que una simple promesa lo llene.
Mar