13. Déjame morir...
Isabel
El silencio que sigue a las palabras de Dante no es un vacío; es una presencia física, una masa de plomo que se asienta sobre mis hombros hasta que el aire se vuelve sólido. Encontraron su cabeza frente al juzgado.
La frase se repite en mi mente con el ritmo macabro de un metrónomo. Imagino al juez, un hombre que apenas conozco pero que representa mi única balsa en este océano de sangre, convertido en un despojo.
Mis pulmones se niegan a expandirse. Es como si el oxígeno se hubiera evapo