La mañana siguiente transcurrió con normalidad.
Alexander estaba sentado frente a su escritorio de caoba oscura, en la amplia oficina del piso 28. La ciudad se extendía al otro lado de los ventanales como un mar de concreto y cristal bajo un cielo plomizo.
Pasaba las páginas de los informes financieros con movimientos mecánicos.
Firmaba donde Bruno había marcado con post-its amarillos... Respondía correos con frases cortas y precisas... Pero, su mente no estaba ahí.
Cada pocos segundos, su pe