Francisco y Rubén bajaron del avión. Al poner un pie en su ciudad, de la que solo se habían ausentado unos días, una inesperada sensación de bienvenida los invadió.
—¿Estás cansado?
Desde el incidente de hacía unas horas, Francisco no había vuelto a dirigirle la palabra. Ahora que habían aterrizado era evidente que sus caminos se separarían de nuevo.
—No, estoy bien. Me voy al estudio. Tú también deberías ir a atender tus asuntos.
Su tono era tan indiferente que parecía que comentaba el clima,