El viaje de vuelta a la mansión fue un infierno silencioso. Efraín conducía furioso, sus manos aferradas al volante con fuerza, acelerando y frenando cuando se acercaba peligrosamente a otro carro. Bianca, por su parte, miraba por la ventana, el precioso collar de Francisco apretado en su puño. El silencio era más pesado que cualquier grito, cargado de celos, rabia y una tensión. ¿Cómo se atrevía a reaccionar así? Él, que la había dejado sola para perseguir a su hermana. Él, cuya crueldad la ha