—¿Crees… crees que Efraín me odia? —La voz de Mateo estaba cargada de tristeza, colmada con el peso de una inseguridad que lo carcomía.
Bianca lo miró, y el desconsuelo en los ojos de su cuñado la conmovió profundamente. El contraste entre este hombre honesto y el torbellino de arrogancia y revanchismo que era Efraín no podía ser más grande.
—Mi hermana te ama. —dijo con voz suave y segura—. Eso es lo único que importa.
—Pero no soy suficiente para ella. No tengo nada. —Las palabras salieron de