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Haidar y Brenda se marcharon a casa. Durante el trayecto, el hombre tuvo la idea de parar y cenar en un restaurante, pero al ver a Brenda en el puesto de copiloto, durmiendo, supo que lo mejor era terminar de llegar al piso.

El árabe, cada cierto tiempo, miraba a su par. Ella dormía plácidamente en su sitio. Verla tan tranquila, era al mismo tiempo el recordatorio de lo vulnerable que era Brenda. Tan delicada y hermosa. Era casi una realidad desconcertante saber que ella era la hija del hombre
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