El río Negro rugía con una furia gélida, arrastrando trozos de hielo que chocaban contra las rocas como huesos rompiéndose. Blair estaba en la orilla, apoyada en el hombro de Mara. Su rostro estaba pálido, casi fantasmal, y cada respiración le quemaba el pecho tras la ruptura del vínculo.
—Tenemos que cruzar aquí —susurró Mara, mirando hacia atrás, hacia las luces lejanas de la mansión de Nix—. Si esperamos al amanecer, los rastreadores de Nix nos olerán antes de que pongamos un pie en el agua.