El refugio en las cuevas de los Proscritos era un nido de ratas, pero era el único lugar donde el olor a azufre y humedad ocultaba el rastro de una Luna caída. Blair estaba sentada sobre una piedra afilada, afilando un trozo de metal que había encontrado. Sus manos temblaban, no de frío, sino por la guerra que libraba en su propia mente.
—¡Basta, Blair! —el grito de Koda fue un zarpazo mental que la hizo soltar el metal—. ¡Mírate! Estás sangrando, el veneno de Carmelo nos está devorando y todo