El galope de los caballos de Nix retumbaba como truenos contra el suelo congelado. El Alfa de la Luna Negra se aferraba a las riendas con los nudillos blancos, pero su postura no era la de siempre. Sus hombros estaban caídos y su respiración era un silbido ronco. La ruptura del vínculo le había arrancado una parte del alma, dejando a su lobo, Fenris, gimiendo de debilidad en su interior.
—¡Aguanta, Blair! —gruñía Nix entre dientes, aunque ya no podía sentirla. El vacío en su pecho era un agujer