El regreso a la gruta fue una mezcla de vapor, tensión y un silencio que Blair rompió en cuanto sus pies tocaron el suelo seco. La marca en su cuello latía con la fuerza de un segundo corazón, enviándole ráfagas de la autosuficiencia arrogante de Nix.
Blair intentó recoger los jirones de su túnica con las manos temblorosas, pero Nix, que caminaba detrás de ella con la parsimonia de un depredador que acaba de cenar, le arrebató la tela de un manotazo.
—¡Dame eso, Nix! —siseó ella, tratando de cu