El agua gélida del río Negro chocaba contra sus cuerpos ardientes, pero ya ninguno sentía el frío. Nix mantenía a Blair acorralada contra una roca lisa, bajo el velo de agua de la cascada. La urgencia bruta de antes había dado paso a una posesividad más profunda, más lenta y, por ello, mucho más peligrosa.
Nix hundió sus manos bajo los glúteos de Blair, elevándola para que sus pechos quedaran a la altura de su boca. Con una lentitud que era pura tortura, empezó a lamer la curva inferior de su s