La luz de las velas apenas titilaba cuando Horus liberó el sello del frasco. El murmullo cristalino que emergió de su interior fue breve, pero intenso, como si un coro lejano se hubiese desatado en un eco apenas perceptible.
Hespéride, sin esperar a que él pronunciara palabra, lo rodeó con sus brazos y lo besó con un ímpetu silencioso. No había sonrisa en su rostro, ni lágrimas, ni risas. Solo la decisión de una mujer que entendía lo que acababa de recibir, lo que él había hecho por ella en sec