Y ella, lejos de enfrentarse, aceptaba, porque en el fondo comprendía que detrás de esa severidad había un cuidado profundo. Horus no toleraba verla agotarse. La acompañaba a cada paso, le llevaba agua fresca, le ofrecía fruta en las mañanas, se aseguraba de que descansara al menos unas horas, aunque el resto del mundo ardiera afuera.
Los dos comenzaron a verse con una intensidad distinta. No era solo la atracción de noches pasadas, ni la complicidad silenciosa de quienes habían compartido bata