Hespéride despertaba cada mañana en la ciudadela con un presentimiento extraño, como si algo suyo hubiera sido reclamado a la distancia. No sabía explicar la sensación: un vacío sutil, un tirón en el pecho, como si su propia sangre hubiera respondido a un llamado que no comprendía. Intentaba disimularlo, pero en los momentos de quietud, cuando apagaba lámparas o se retiraba a descansar tras atender a los enfermos, su mente volvía siempre al mismo punto: Horus.
Él se había marchado sin palabras,